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Érase una vez...

La furia de una voz

Carraspea.   Eso es lo que más molesta a Antonio, que su garganta emita otro sonido que el de su aterciopelada voz. ¿no habrás preparado bien la solución con la que cada mañana hace sus gárgaras milagrosas? Tendrá un mal día, siempre ocurre así cuando alguna rugosidad altera la perfecta tensión de sus cuerdas vocales.

 Hoy tiene una agenda cargada: de doce a una la grabación de seis cuñas radiofónicas; hora y media para comer; de las dos y media a las cuatro el doblaje de los últimos bodrios hollywoodienses estrenados directamente en DVD; luego, alas seis, su clase de dicción, hay que mantenerse en forma; una pausa para tomarse algo bien caliente en un local sin refrigeración, aunque la temperatura no baje de 35 ni siquiera durante la noche, el frío es su peor enemigo; y a las nueve y media tendrá que doblar al petimetre que presenta las noticias en la televisión local.   Comprueba si lleva bien puesto el pañuelo de cuello y rocía su garganta con el spray que lleva siempre para los casos de apuro.  Descubre a un treintañero que le mira de soslayo: rubio, ojos azules,  luciendo el bronce de sus brazos y sus piernas, marcando la firme  musculatura de su pecho.  Antonio no puede evitar el calentón, pero mira al joven con una dignidad altiva, un nuevo carraspeo vuelve ridículo su gesto altanero.   Se marcha de allí apretando el paso, hay que poner distancia, esconde las manos en sus bolsillos, no quiere que vean como encoge sus puños hasta casi hacer brotar la sangre. Mientras presta su voz seductora de barítono para anunciar un salón de fitness, le asalta de nuevo la imagen del joven rubio con aquel torso de vértigo, es entonces cuando desafina y vuelve a carraspear.  Todo el estudio guarda silencio, conocen la ira de Antonio, no se perdona los fallos y descarga su enfado con todo el equipo.  Sabe muy bien que es capaz de humillar y disfruta con ello.   Pero no es suficiente, necesita hacer daño, mucho daño.   Después de haber ofendido cruelmente a todos sus compañeros, llama a su secretaria para que cancele todos sus compromisos. No quiere volver a casa, entra en un ciber y busca sus foros habituales.  Lee unos cuantos mensajes, le aburren, podría triturarles con demasiada facilidad, no son más que carnaza para mentes simples.  Hoy necesita batirse en toda regla, ¡qué pocos están a su altura!  Se dirige a la barra a pedir un café y paga una hora más.   Se sienta cómodamente y mientras saborea  el café, actualiza la página. ¡Mira quién tenemos aquí, al mismísimo sultán del harén!  Ese desgraciado le debe unas cuantas, hoy le ha dado por ponerse reflexivo y ahí están todas las frustradas babeando respuestas.   Los ojos de Antonio se tiñen de perversidad, abre un documento en blanco y se emplea a fondo.   Entre eufemismos y procacidades ridiculiza cada uno de los argumentos de ese cretino y de paso vapulea verbalmente a su corte de babeantes.   Sabe que esto último le sacará de quicio, ¡el pobre sultán todavía cree que con las mujeres hay que ser un caballero!   Repasa su obra, sí, esta vez está seguro de haber dado en la diana; cuando regrese a casa tendrá diversión asegurada. Sale del ciber, decide ir a comer a un buen restaurante, a uno de esos que no cierran cocina, es lo que tiene vivir en la capital, todo está a pedir de boca.   Dicen que la gula es la antesala de la lujuria, Antonio lo sabe bien, después de paladear una buena comida siempre se despierta su lascivia más desenfrenada.   Podría ir  a su Sauna de costumbre, pero no le apetece sexo de pago y, además, sería incapaz de lastimar a cualquiera de esos jóvenes atletas de lo erótico.  Necesita dar el puntillazo a ese toro de odio compasivo consigo mismo. La solución es sencilla, Jana siempre está dispuesta, realmente esa descerebrada le idolatra.  Es guapa, s, pero no es más que otra boba ingenua de las muchas que se le han abierto de piernas.  Como todas las demás se cree especial, piensa que ella si le va a echar el lazo.  Hay que reconocer que Jana pone toda la carne en el asador, ninguna se ha dejado humillar hasta tal punto.  Sí, esa zorrita pagará todos los desplantes de los que le hizo víctima Mª del mar, esa puta italiana fue la única que se rió en su cara.  Da igual, todas las mujeres son criaturas estúpidas y previsibles, en cada una de sus nuevas conquistas irá matando con la imaginación a esa cerda que se atrevió a desairarle. Antonio carraspea de nuevo, opero ya no le importa.  En su cabeza sólo cabe regodearse con la imagen de cómo va a encular a Jana: con brutalidad, con la mayor brutalidad  de la que sea capaz, hasta desgarrarla y hacerla sangrar. domingo, 16 de julio de 2006

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