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Érase una vez...

La magia de los sencillo

Me gustaba acompañar a mi madre al mercado porque María, la de la carne, siempre me daba cosas. Mi madre me aupaba y yo me ponía de rodillas en el poyete de los cestos.  No pedía nada, no, mi madre me decía que eso era un vicio muy feo, pero imagino que mis ojos no entendían de vicios y sí de pedir.  Cuando le devolvía el cambio, María me guiñaba  y dejaba sobre el mostrador algún pequeño tesoro: carretas del oeste de plástico, angelitos de goma que al apretarlos dejaban escapar un silbido, muñecas de cartón recortables con sus vestiditos de papel, también recortables, que se sujetaban sobre la muñeca con dos tiritas blancas, peines de colores vivos tan pequeños como mi mano, y así muchas cosas más.

 

   Yo guardaba como es debido esos obsequios en una gran caja de cartón.  Cuando llegaba de la escuela por la tarde, papá ya estaba en casa, abríamos la caja y jugábamos a inventarnos historias: los ángeles se peinaban mientras salvaban a las carretas del ataque de los indios y la chica, porque toda historia que se precie tiene un chico y una chica guapos y buenísimos, se ponía todos los vestiditos para celebrar que habían perdido los malos.

 

   Un día, María, la de la carne, dejó un espejo de dos caras sobre el mostrador, su mango era fucsia de esmalte brillante, pero aún brillaban más sus dos cristales pulidos.  Ese botín no lo guardé en la caja, era demasiado valioso, lo dejé sobre la mesilla de noche y me miraba todas las mañanas en el derecho y en el revés que eran al mismo tiempo revés y derecho.   Mi espejito mágico no me decía que yo fuera la más guapa, qué va, era más mágico aún.  Los días de verano, cuando ya no había cole, lo tomaba, salía al balcón y recogía con sus lunas los rayos del sol.  Desviaba esos rayos hasta la casa de Pepi.  Entonces Pepi salía al balcón, me imitaba y lanzaba destellos a casa de Pedro.  Y Pedro a casa de Luis y Luis a casa de...  De modo que en verano aqauel barrio humilde  se llenaba de focos como si estuviéramos de estreno y todos fuéramos auténticos artistas de cine.

 miércoles, 21 de junio de 2006
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1 comentario

Anónimo -

¿por que siempre quiero que sean mas largos, ? este el titulo lo define divino, yo tambien me acuerdo de las carretas y diligencias de plastico y aquellos indios estaticos de plastico irredetible. Ale.
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