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Érase una vez...

Recuerdos en blanco y negro

¿Quién diría que ese vestido era rojo, de un rojo tan llamativo que hería la vista? Ahora es negro como la pez, negro como las aguas de un profundo pozo, tan negro cómo el zócalo que sí era negro. Mi vestidito era azul, el de mi madre verde pálido, ahí los dos son blancos, tanto que, los fuertes brazos morenos de mi madre que se muestran más blancos que la leche, hacen que casi parezca que íbamos desnudas.

 

Era una de esas largas tardes de verano, ya entonces me gustaba escuchar el chillido penetrante de las golondrinas. Me inundaban de gozo, no sé si porque dentro de mí, con sólo dos años, ya estaba naciendo el placer por la melancolía. No, no creo que fuera tan pronto. Más bien me deleitaba el aparente regocijo de esas pequeñas guadañas voladoras que asimilaba al mío propio.

 

Demasiada luz solar, se aplana el volumen y los grises son casi inexistentes. Apenas se esbozan en la puerta del vecino, de un ajado azul claro; en la cortina que cubría mi puerta, con su estampado provenzal, bodegones verde, rojo, amarillos, que se multiplicaban sobre un fondo siena; y en el bañador de mi hermano que parece compuesto por rayas grises y negras, cuando en realidad era azulgrana.

 

Aún faltaba mucho para que se asomasen mis amigas aladas, era la hora del juego, justo recién levantados de la siesta mecida por el zumbido de las moscas. Y ya se había acercado a nosotros la vecina de la casa de al lado. Una mujer algo retrasada que rondaría la treintena. Es curioso, entonces me parecía muy vieja, ahora la considero muy joven, el tiempo voraz varía la perspectiva de las edades.

 

Casi nadie repara en ella, ahí junto al zócalo, arropada por el escalón del umbral. Se la ve tan diminuta, es lo que tiene ese mundo paralizado, que todo aparece a escala. La proporción se mantiene mientras se altera el tamaño. Hemos aprendido a leer su sintaxis, son ya mucho más de cien años mirándolas, y ya no nos sorprende, hasta estoy convencida de que percibimos las dimensiones reales.

 

Mi hermano había salido con su bicicleta flamante, la que le habían traído los Reyes el último invierno. A mí, mi madre me había sacado la plancha vieja, la que ya había perdido hasta su cable porque mi padre debió de cortarlo para darle nuevo uso. Ahora detesto planchar, entonces me fascinaba aquel aparato que aún no podía levantar del suelo, con mis manitas lo empujaba con todas mis fuerzas, alisando la tierra de aquel callejón sin asfalto.

 

Poca profundidad de campo, no se usó el gran angular ni el zoom. Levemente desplazado del centro hacia la izquierda, el grupo. Cuatro en composición triangular, un triángulo apoyado sobre su vértice. En primer plano la bicicleta y mi hermano, detrás yo, en brazos de mi madre, y la vecina; apoyadas contra el muro y la ventana. El punto de fuga a la derecha, la bicicleta, parada, en dirección a la izquierda, levemente contrapicado, sensación de movimiento en lo inmóvil.

 

Todo eran voces afables, risas, ecos de algún grifo abierto detrás de alguna de las ventanas. Un mundo de sonidos amigos, el derrapar de mi hermano cuando frenaba frente la casa que cerraba la salida, el ras-ras de la tierra desplazada por la plancha en mis manos. De repente el caos. “Venga poneos todos juntos, ahí delante de la ventana”. Alegría en la voz de mi padre, pánico en mis ojos al ver la cámara. En esa época siempre salía llorando, ahora siempre sonrío.

 

Tanta vida en tan poco espacio, en tan poco tiempo. Y ahora ahí quieta, eternizada en el blanco y negro de una vieja fotografía. Muerta. Pronto hará veinticinco años que todos habremos muerto.

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