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Érase una vez...

Y se pierde

Recuerda Ino el asa negra.  Brillante, de un plástico dura y pulido.   Porque aquel era un mundo de impresiones.  Los lápices de colores eran un goce para el tacto y las gomas de borrar auténticos banquetes de olores, del dulce olor de la nata tan redondo.   Aquel asa negra se ajustaba perfectamente a su mano, como una promesa de plácidos viajes a la escuela recogiendo flores en los márgenes de las aceras, en aquel por entonces ningún jardinero municipal las recluía en los parterres. Como una promesa de que habían quedado atrás para siempre las bandoleras cruzadas sobre su pecho y las cremalleras frías tan de niña pequeña, tan poco apropiadas ya a sus siete años a punto de caducar.   El asa negra garantizaría un vaivén justo y el reconocimiento tácito de que ya tenía la fuerza suficiente para sostener el peso de los libros y libretas que se confiarían a ella. 

Recuerda Ino el cierre hermético y reflectante.  Tan rojo como los semáforos que entonces escaseaban.   Tan intenso que pondría verde de envidia a sus compañeras de clase.   El cierre reflectante le daría aire de importancia, autoridad de anticipar los peligros que pudieran escapársele a la vista de mamá, como si ella fuera ya un poco de confianza para empezar a cuidarse.  Aquel cierre hermético la convertía en guardiana de sus propias cosas, testimonio evidente de que ya era responsable de la tarea de guardar cuidadosamente sus materiales escolares.   Le robó el corazón en la tienda, una tienda del centro donde se acudía tan solo en las grandes ocasiones para adquirir las cosas de gran valor que compraban para sí los mayores y la convertía a ella en nuevo miembro de su comunidad. 

Recuerda Ino la tela de lona recia y estampada.  Con un estampado de figuras irregulares y polícromas que teñían todo el espacio como un mosaico de colorines.  Una cartera de niña que la volvía orgullosa de su condición femenina.   Aquella tela de lona recia se tensaba en una barra de metal invisible que remataba el fuelle de su nueva maleta.   Y el estampado recogía todo el espectro del Arco iris.  Los naranjas jugosos como frutas ácidas, los verdes claros e intensos como el plumaje de aves exóticas, los azules nítidos como el cielo en verano, los rosas fucsias como un tapiz de flores de otras tierras.   Con su cartera pintaría las mañanas escolares con una paleta muy alejada de los aburridos grises de su uniforme.  Porque ahora ella seguía siendo niña, pero una niña aplicada y admitida por fin entre las niñas grandes. 

Y recuerda Ino la primera mañana de aquel curso.  Y recuerda que las mesas habían abandonado su distribución de otros años.   Y recuerda que le hablaron de grupos y de puestas en común.  Y de fichas en vez de libros.   Y de cuartillas en vez de libretas.  Y de materiales comunitarios.  Y recuerda con horror su nueva maleta muerta al abandono del no uso.

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1 comentario

Segismundo -

Mola tu blog, Mon. Pero, si me permites una sugerencia, se ma hace un poco difícil de leer por la escasa longitud de los renglones.
Saludos.
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