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Érase una vez...

Me quitas, me das, me quitas

Cinco de la tarde, la cama está revuelta.  La sábana bajera se ha soltado de la esquina superior izquierda, la de encima está apiñada por completo, en el centro.  La colcha cuelga indolente hacia la derecha.   Victoria duerme en posición fetal sobre ese revoltijo de ropa.

 

Abre un ojo primero y luego, lentamente, el otro.   A tientas busca el despertador sobre la cómoda.   Una falsificación que simula un mueble de los años veinte.   Una ficción, después de todo.   La botella de agua se ha volcado y el líquido gotea como lágrimas hacia el suelo.   Con sus torpes movimientos, Victoria hace caer sus pendientes, su cepillo y el bote de cebolletas en vinagre que acercó al dormitorio para paliar un poco el hambre.  El bote de cristal se hace añicos mientras el vinagre se derrama sobre alfombra que en los buenos días fue turquesa.   Si hubiese  cambiado la bombilla cuando se fundió, Victoria podría dar la luz, pero ahora, con la persiana rota desde hace meses, ha de seguir buscando totalmente a oscuras.  Finalmente da con su objetivo: el despertador dormía el sueño de los justos bajo su almohada. Está parado, aunque, por lo menos, la pequeña lámpara funciona y con su haz tenue, Victoria, puede vislumbrar lo suficiente como para ubicar sus zapatillas y calzárselas sin pisar la mezcla de agua, vinagre y cristales rotos.

 

“Dios, ¡agggggggg, todo duele, estos hombros no son míos y estos pies parecen de cartón de puro agarrotamiento!”.   El foco izquierdo del lavabo sí esparce su luz sobre el espejo, dejando sombras y claros en ese paso intermedio entre el dormitorio y el estudio, donde está el lavamanos.   Así Victoria puede contemplar su rostro, desmaquillado sólo a medias; ve sus párpados inferiores tiznados por la máscara de ojos, posiblemente por culpa de tanto frotárselos alguna noche.   No brillan, no, esos ojos.   Victoria cruza el dintel de la puerta corredera que cierra la pieza donde está el resto del baño, deja esa puerta abierta, al fin y al  cabo está sola.  “Mañana, lo juro, mañana me ducho, aunque, ¿qué más da?”.  Sentada en la taza no puede ver como los restos de agua que vierte la cisterna han trazado varias sendas oscuras sobre la porcelana; pero no se le escapa que el bidé gris almacena polvo y cabellos, a partes iguales. De modo que gira la cabeza y se emboba con el agua que sigue empozada en su bañera, con su meñique izquierdo intenta arrancar esas costras negras que ensucian la alfombrilla, con la suficiente fortuna como para destapar pequeños retazos de su anterior color verde.   “Está todo enmohecido, este baño parece un queso azul gigante. Hasta yo parezco una combinación de hongo y alga.  No sé si el despiste lo lleva mi parte hongo o mi parte alga, pero no logro recordar qué día es hoy”.

 
Seis son los días que lleva sin salir de casa, más aún, sin habitar más que esas tres piezas que se comunican: dormitorio, baño y estudio.   Sólo pequeñas escapadas a la cocina cuando el hambre acucia, siempre por la noche.    Lo único que no deja de emitir luz es la pantalla del ordenador ininterrumpidamente conectado a la red.   “Ya se le ha roto otra rueda a la silla. Tanto da, cuando se hayan roto las cinco dejara de girar y a lo mejor mi cabeza también deja de hacerlo”.   Los libros que se amontonan aquí y allá, esquivando latas de Coca Cola y de todo tipo de conservas, rezuman polvo. El teclado, otrora blanco, muestra manchas en casi todas las teclas: manchas multicolores, aunque las que más destacan son las de chocolate.  “Desconectado en yahoo, desconectado en hotmail, seguramente me tiene sin admisión.  Ningún correo, ningún mensaje en off, tal como si se lo hubiera tragado la red”.   Victoria selecciona crear mensaje nuevo, pero sus dedos se quedan quietos ante la pantalla en blanco; sacude las latas de Coca Cola hasta encontrar una medio llena, la apura a la vez que enciende su primer pitillo.   Minimiza el correo y en otra ventana del navegador abre distintos foros, busca por autor posibles mensajes  escritos con alguno de los cuatro o cinco nicknames que le conoce.  Su búsqueda da cero resultados.  “Puede tener más alias o simplemente escribir como invitado.  ¿Qué le pasa? ¿Por qué ha desaparecido? ¿Qué hice mal? ¿En qué le ofendí?”.    Maximiza el correo y escribe en asunto: Perdóname sea lo que sea lo que te haya hecho.    Baja el cursor a la ventana de texto, sólo consigue escribir: Cielo, yo...   Lo envía.  Una ventana le advierte: No se pudo encontrar el host “pop3” Error de stocket, Número de error 0k800CCC0D.   Entonces, por fin, rompe a llorar.    “Dónde, dónde dejó la lágrima blanca que me envió para enjugar mi dolor.   Dónde está.  Dónde podría buscarlo.   Ni siquiera sé en qué calle vive y ¡Madrid es tan grande! Además su foto era antigua, no puedo estar segura siquiera de reconocerlo”.
 
Tres años de relación virtual, ficticia al fin y al cabo, una ficción más.    Correos afables que han llegado sin regularidad, conversaciones de voz cuando él ha querido conectarse, pero ni una sola mirada, ni un solo apretón de manos, viviendo en la misma ciudad.    Victoria busca todas sus cajas de pastillas, parsimoniosamente  las vacía sobre la alfombrilla del ratón, busca su botella de Whisky eh allá donde la esconde y en uno cualquiera de los vasos sucios que también reposan sobre la mesa de cristal que también perdió su transparencia, vacía la mayor cantidad posible.  Da un sorbo y engulle una pastilla rosa, eso es Loramet. “Me diste tanto, cielo, no me importaba pasarme horas sentada ante esta pantalla, ella era mi amiga porque tú salías  de ella y me hacías reír.  Ahora te me has llevado entera”.   Otro sorbo, otra pastilla, esta vez blanca, eso es  Rivotril.   Enciende el segundo pitillo en menos de diez minutos y deja su mirada perderse siguiendo las volutas azules.  Sin saber porqué abre la carpeta Mis Documentos  y hace clic sobre su foto, la escruta mientras da las caladas cada vez  más seguidas y más profundas.  Con el botón izquierdo despliega una ventana de opciones y hace clic en eliminar.
 
 
Maximiza la ventana de los foros, el bloqueador de Pop-ups vuelve a fallar y un banner naranja chillón de una entidad financiera cubre la pantalla: DISFRUTA DE TU SEGUNDA JUVENTUD CON NUESTRO PLAN DE PENSIONES   “¿Juventud?  Sí, desde luego mi padre parece más joven que yo, él si sabe disfrutar de la vida... ¡Mi padre! Dios, Dios, ¡Dios!  Victoria, ¿y qué será mañana de tu padre al verte?”.  Lanza un profundo suspiro, tira al suelo el resto de pastillas y rompe con furia el vaso lleno de alcohol.  “Mañana, mañana me ducharé. ¡Lo juro!”.
 
Miércoles, 22 de marzo de 2006        
 
 
 

 
 
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