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Érase una vez...

Flores que esconden lodo

Te extrañará recibir noticias mías.  También a mí se me hace extraño estar escribiéndote.  Cuánto cuesta volver a entrenar los dedos sobre el teclado para llegar a hablarte. Tanto, que he vuelto a fumar.  El cursor parpadea intermitente tras la última palabra.   Enciende un cigarrillo y mira la pantalla entre toses y humo.    Un sol de tarde de marzo entra por la ventana, sus rayos llegan hasta el parque donde juega el bebé.  Meli apaga el cigarrillo a medias  y se levanta a correr la cortina para que la luz no alcance los ojos del pequeño.   Toma al bebé en brazos.  Le arregla la ropa y vuelve a dejarle con sus juguetes.    Saca de un cajón su cámara de video y vuelve a sentarse frente al ordenador.  Seguro que no puedes imaginarme sin un cigarrillo en los labios.     ¿Me imaginas?   Yo te olvidé, quise olvidarte, te recuerdo.  Sí, te recuerdo fragmentado como una pintura cubista.  Y me da rabia.   Con la mano derecha agita el ratón formando círculos.  Un golpe con el corazón sobre el botón izquierdo y minimiza la pantalla del correo.  En la minicadena suena en repeat la misma canción del CD.   Toma su cámara y se acerca al niño.   La sostiene con la derecha mientras mueve los dedos de la izquierda.  El bebé la mira agitando sus bracitos, toma un peluche tuerto y lo lanza contra la joven madre.   Meli oprime el zoom para tomar un primer plano de las pequeñas manos que mueven sus deditos como lo hace ella.  Corta la toma.  Se arrodilla para apretar sus manitas y las retiene unos minutos meciéndole los brazos.  Vuelve a su mesa.   Vacía el cenicero repleto de colillas y vuelve a maximizar la pantalla.   No, no, ya no es rabia, la sentí, me ahogué en ella, y hubiese deseado ahogarte conmigo.   Te despreciaba, te seguía amando.   Lo peor era esa sensación de que todos me miraban como si supieran, como si se alegrarán, como si te aprobarán.   Todas las jodidas cuarentonas eran tu esposa echándome en cara su victoria, su victoria cargada de razón.  Todo parecía una mala película con moralina para consuelo de marujas.  No podía pensar, toda yo era herida y ganas de arañar.  La fascinación, la admiración, la voluntad de ser tú para ser más tuya, más mía, más amada, dio paso a una nausea, al vértigo de odiarte.  Y entonces pasó, una simple manchita rosada fue un clavo ardiente al que agarrase para devolverte todo el dolor, todo el daño.  La ceniza cae desde sus labios sobre el teclado.  Meli sopla con rabia, echa atrás su silla basculante y apura la última calada antes de estrellar la colilla en el cenicero.  Golpea la mesa con el puño cerrado y se levanta.  Deja la habitación.  El bebé gatea dentro de su parque en dirección a la puerta por la que ha salido su madre y lanza pequeños grititos.   Se escucha ruido de agua saliendo por un grifo.    Al entrar enciende ya la luz, trae en la mano una toalla con ositos, la deja caer con suavidad sobre el niño.  El bebé ríe.  Meli vuelve a filmarlo antes de regresar a su silla.   Ella jamás te lo daría, esa vieja ya no puede, y yo... yo podía negártelo.  Pensé educarle en el odio.  No quería que tuviese nada tuyo.  Ni tus ideas.  Ni tus gestos.  Ni el color de tu piel.   No tuve en cuenta que algo tan pequeñito pudiera tener tanta fuerza.  Y volví a sentirte, mierda.  Mierda.   Le quería sólo mío pero es nuestro.   Minimiza.   Sale de la habitación.  Regresa con la pequeña bañera llena de agua.  La deja al pie del calefactor encendido.  Desnuda al niño que enreda sus deditos en la cabellera de ella.   Lo sienta con cuidado dentro de la bañera.  Le tira dentro sus muñecos de goma.  El niño aplaude sobre el agua.  Meli toma la cámara.  Plano corto del niño jugando con el agua.  Primeros planos de sus sonrisas y muecas.  Plano medio enfocando también el calefactor.   Se agacha.  Toma el calefactor con la mano libre.  Lo deja caer dentro del agua.  Plano corto del niño contrayéndose por la descarga. Funde en negro.   Meli se levanta despacio, conecta la cámara al ordenador y copia la grabación, después   selecciona con el ratón adjuntar archivo.  Tienes derecho a saber que existe.  No, no, no es sólo eso.   Quiero que te veas en sus ojitos que son como los tuyos.  Quiero que le quieras.  Y que después me perdones.

Meli

Golpea con el índice sobre enviar.   La mano cae relajada al soltar el ratón .

 

martes, 27 de febrero de 2007                                  

   

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Herencias

 Las tardes en que íbamos a ca la padra, había ciertos rituales que yo repetía siempre.  Llegadas las seis, mi estómago, de normal inapetente, como un reloj, me movía a pronunciar: “Mama, tinc ganeta”.  Mi madre se retenía de dirigirme su mirada asesina, porque mi tía se adelantaba con la lata e sardinas El Porrón y  la barra de pan.  Aunque la marca fuera la misma, en casa de mis parientes, el aroma naranja del escabeche le olía mejor a mi paladar. 

Cuando mi apetito impertinente ya se había saciado, llegaba mi prima resollando  por la subida de esos tres pisos sin ascensor que más bien parecían cinco.  Era el momento travieso de la competición de altura; ni elevando la barbilla alcanzaba yo, entonces, su cuello impregnado con el perfume de Azur de Puig.  Ahora es ella la que no alcanza a oler mi cuello que exhala esencias de Chanel  ni elevando su barbilla; mi prima, aunque pronto va a caminar con el seis en las decenas, nunca dejará de ser la pequeña “Cupi”. 

La habitación de “la Cupi” era mi refugio preferido.  Habitación de chica mayor con sus colonias y sus abalorios en la mesilla.  La casa era pequeña, tanto, que no existía la posibilidad de entrar en su dormitorio a hurtadillas; pero aunque hubiese podido, me habrían pillado in fraganti , yo salía siempre atufando a Vick Vaporups : ese efluvio de alcanfor, eucalipto y mentol con el que me embadurnaba pecho y nariz.  Mi afán de coleccionista de olores era motivo de risas.  Fueron entrañables aquellas tardes. 

Qui és parent del gat, se li retira de lo qua o del cap.   Mi deleite por todo lo perfumado es la herencia que recibí de mi tío; él ya no puede oler a rosas.   Es por eso que yo sigo recolectando todas las impresiones  aromáticas que percibo, para llevárselas, entre flores fragantes, cada primero de noviembre. 

Ella nunca lo haría

Seguro que Purita no tardará en encontrarme, siempre me ha salvado de las bromas de Aitor.  Sí,  no tardará. Porque ya debe de estar muy preocupada por mí.  A lo mejor hasta está llorando. ¡Pobre Purita!  Me encontrará, sí.  Lo malo es que esto está tan alto que tengo miedo de caerme, sobre todo en los días de viento.

 

No, no me he de asustar, Purita me sacará de este apuro.  Igual no me ha encontrado todavía porque se ha ido a pasar unos días a casa de la abuela Pura.  ¡La abuela Pura!  También ella se extrañará de no verme, con lo que nos divertimos jugando las tres.  Y el bruto de Aitor no parará de reírse, como esa noche que me ató un petardo en la mano y casi me explota.  Hará rabiar a Purita cuando la abuela no los vea, porque sabe que, si la abuela descubre que ha vuelto a jugárnosla, le castigará.  Sí, le castigará aunque ponga  esa cara de inocente que a mí nunca me ha engañado.

 

Ya me vuelve a caer agua, está lloviendo otra vez.  La lluvia me moja y el sol me deja pegajosas las mejillas.  ¡Hay tanto silencio adentro!  No les oigo desde que Aitor me sacó de mi cuna para subirme aquí.  Ya hace mucho.  Menos mal que Purita me había puesto mi vestidito de soldado, así me siento más valiente y me da menos susto estar así pegadita a los cristales para no caerme a la calle. Ya hace mucho, ya, por eso ya no han de tardar, ya no tardarán, ya no... Y la abuela Pura habrá hecho confesar a Aitor y Purita vendrá corriendo a cogerme y me llenará de besos y me lavará la cara y el pelo y me pondrá el vestidito de princesa y jugaremos a los cuentos con el amigo peluche...  Sí, sí, sí, ya no tardarán, aunque ahora la lluvia me moje y el sol me esté dejando las mejillas pegajosas.

 

¡Por fin! ¡Se oyen voces!  Ya han vuelto.  ¡Sabía que volverían!   No escucho a Purita... ni a su mamá... tampoco escucho al gamberro de Aitor... ni al papá de los dos.  ¡Las voces se alejan!  Sí, se están marchando y no me ven detrás de estos cristales tan sucios, aquí, pegadita a ellos para no caer de esta ventana.  Ahora oigo pitos allá abajo, en la calle...  y no se escuchan los coches.  Tengo miedo aunque vaya vestida de soldado.   ¡Oigo ruido! ¡Mucho ruido!  Las paredes tiemblan, no paran de temblar.  ¡Se rompen! ¡Se están rompiendo!  Las paredes caen y yo también me estoy cayendo... Y caigo, y caigo, y caigo, y caigo...

 miércoles, 23 de mayo de 2007

Como Dios manda

Fue cuestión de mala suerte que justo aquella mañana naciera la nueva hija de los Príncipes de Asturias, que las plañideras contratadas fueran todas ellas monárquicas, que los últimos parientes vivos fueran todos ellos republicanos militantes y que Fermín,  el único amigo del difunto, llegara borracho, con un ejemplar de la edición del especial del Hola en la  mano, cantando el Himno de Riego y entonando entre estrofa y estrofa ¡Viva el Rey!

 

Las plañideras se olvidaron de su oficio, los parientes se olvidaron del muerto de cuerpo presente, todos perdieron la compostura y se echaron como lobas hambrientas sobre el bueno de Fermín que ya dormía la mona; las unas  para hacerse a dentelladas con la revista, los otros para hacerle pagar con sangre la afrenta al sagrado Himno de sus abuelos.

 

Tuvo que ser el propio Alfredo quien, haciendo gala de la misma flema que le distinguió en vida, se levantara del féretro, amonestara a las unas y los otros, y pusiera fin a aquel sarao tan impropio del solemne velatorio que durante años estuvo preparando para sí mismo.

  

Se veía un ancho mural con doradas letras

Fue en la escuela donde conocí el corcho pan, ese material blanco que parecía arroz hinchado y aglutinado.  Sí, lo conocí en la escuela, pero fue en la calle donde aprendí que si rascabas un pedacito de aquella masa blanca por la pared, se desmigaba en una lluvia de bolitas blancas que dejaba las aceras como si hubiese nevado.  No tardaba en surgir la voz de un adulto que nos chafaba el juego amenazándonos con avisar a nuestras madres de lo malas que éramos por ensuciar así el barrio.  Echábamos a correr con nuestro pedacito de corcho pan, apretándolo con mas fuerza contra la pared, sabiéndonos traviesas y riéndonos de la voz que cada vez gritaba más alto y cada vez quedaba más lejos.

 También en la escuela el corcho pan se usaba contra la pared, pero allí no lo rascaban, allí lo pegaban.   Era la base sobre la que hacíamos los murales para lo que entonces, en la década de los setenta, se llamaba área de sociales.  Por grupos y según el tema, traíamos recortes de periódico, fotos de revista, alguna lámina dibujada por la más artista, y lo pinchábamos todo con chinchetas debajo de una frase sugerente en letras de papel satinado de colores que recortábamos con aquellas tijeras de punta roma.   El mural más bonito sacaba la mejor nota y se exponía en el pasillo para que todas las escolares lo vieran.  Ni que decir tiene que siempre ganaba el grupo de las niñas pelotas y marisabidillas, las mismas que sacaba al encerado la monja cuando tenía que ausentarse del aula; y ellas se subían a la tarima, ufanas como reinas de la tiza, para apuntar nuestros nombres en la pizarra cuando nos veían hablar, añadiendo cruces cada vez que nos volvían a pillar.  Si os lo preguntáis, ya os lo respondo, mi nombre nunca faltaba en la lista y nunca era el que menos cruces tenía. Las mismas monjas hacían murales, más grandes que los nuestros, con fotos más grandes y con letras también más grandes.  Los colgaban en el amplio vestíbulo de la entrada, al pie de la escalera que conducía a las clases, siempre con lemas para hacernos más obedientes y más buenas cristianas.   Yo los he olvidado todos.  Todos menos uno.   Un grabado enorme del Cristo rodeado de niños ocupaba el lado izquierdo, bien pegado al borde superior.  En la esquina derecha, sobre el borde inferior, una madona con los brazos abiertos como si quisiera arroparnos a todas.  Y entre ambas imágenes, con enormes letras de papel de purpurina dorada se leía: “La Verdad os hará Libres”. 

Corría el año 77, lo recuerdo bien porque nuestros carpesanos de anillas, en vez de estar llenos de adhesivos de cantantes o actores, se habían poblado de pegatinas de partidos políticos.  Partidos de izquierda porque el mío era un barrio obrero.   Las clases de religión nos las daba el propio párroco, Agustín Chillón Calvo, que hacía honor a sus dos apellidos.   Una tarde el cura nos hablaba del Sacramento del Matrimonio, que si lo había instituido Cristo en las Bodas de Caná, que si el Mesías había abolido el repudio porque había traído la Nueva Ley, que si la unión en la salud y la enfermedad hasta que la muerte nos separase haría que fuésemos madres de familia felices, que si teníamos que rezar para que en nuestro país, tan católico, nunca existiese la barbarie del divorcio... 

 

Del pupitre del fondo llegaba rumor de susurros, Lidia Maurel le explicaba a Carmen Parra que su madre era más feliz desde que había plantado a su padre, porque sus padre les pegaba cada noche que llegaba borracho, que su madre quería que viniese el divorcio como en Francia porque una prima de ella le había dicho que así ya no habrían maridos que pegasen, que el divorcio era bueno para las mujeres...  El padre Agustín, cansado del murmullo, se mesó los cuatro cabellos que mal disimulaban su calva y chillando le ordenó a Lidia Maurel que se pusiera en pie y contara a toda la clase eso tan interesante que le estaba explicando a su compañera de pupitre.   Lidia Maurel se puso más roja que la bandera del Partido Comunista y con voz entrecortada le contó la opinión de su madre.   Dijo la verdad y la verdad la hizo libre.   Libre sí, libre de no volver nunca más a nuestra escuela. 

 

La expulsaron aquella misma tarde.  Y las demás aprendimos que, a veces, es más prudente  mentir que decir la verdad.

 

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Cerebros de ocasión

— ¡Hombre! Don Eulogio, usted por aquí de nuevo.

— Sí, ya ve, Don Paco, este cerebro tampoco ha funcionado.  Vengo a por un nuevo canje.

— ¡¿Cómo?! ¿Qué ha pasado esta vez?  Si se llevó usted de lo mejorcito que tenemos en la tienda.  Producto nacional, además.

— Sí, si caro me costó, mucho más que el anterior; pero ya ve.  Estaba convencido de que lograría adaptarme, pero nada, lo único que he conseguido dejando pasar el tiempo es perder la garantía.

— Sí que lo siento, Don Eulogio.  Pero cuénteme, ¿qué problema le está dando exactamente?

  Le sonará raro, pero... es como si este cerebro estuviera enamorado del PC de mi oficina.

— ¿Enamoradoooooo? ¿Qué me dice?

— Lo que yo le diga, Don Paco.  Es sentarme en mi sillón y sintonizarme con todos los programas y aplicaciones.   El trabajo que de normal se saca en tres días, lo hago en una mañana.  Fíjese que mi jefe me ha propuesto un ascenso...

— ¿Y eso es un problema?  No entiendo, debería estar usted satisfecho, ya le dije que era un cerebro muy ágil y bien dotado.

— ¡Quía! Me he convertido en un adicto al trabajo, estoy en un eterno sin vivir hasta que no llego a la oficina, ¡si hasta hago horas extras! Y claro mi mujer se queja y con razón, cuando llego los niños ya están acostados y los fines de semana estoy de tan malhumor que no hay manera de hacer vida familiar.

¡Ni vida social! Nuestros amigos ya no quieren salir de cena con nosotros, porque ágil desde luego sí que lo es, pero claro ¿quién puede soportar a un tipo que se pasa toda la velada calculando desde el importe de la factura antes aun de haber hecho la comanda, al número exacto de cubiertos que haya en el restaurante, cuántos probablemente se caerán de las manos de los clientes, cuántas veces se tendrán que cambiar, en cuántas mesas será posible que se usen para dos turnos... y así hasta el infinito?

— ¿Y son erróneos esos cálculos?

— No, qué va, no podrían ser más exactos, pero claro, imagínese lo que llegan a aburrirse mis amigos.  ¡Si hasta le aconsejan a mi esposa que me haga visitar por un psiquiatra!

— ¡Ah, no!  ¡eso sí que no!  Aquí no vendemos productos defectuosos, todos nuestros cerebros vienen con sus correspondientes escáneres y resonancias magnéticas reglamentarios que demuestran que son de alta calidad.  Hasta esos que estamos saldando cumplen con los requisitos que nos exigen el Ministerio de Sanidad.

— No se lo discuto, Don Paco, si yo fuera físico o matemático de profesión, igual hasta ganaba el Nóbel, pero soy un oficinista corriente y preferiría un cerebro más lerdo pero más útil para la buena convivencia.

— Ya, claro, voy comprendiendo.. ¡mmmmm! Déjeme pensar... creo que con unos cuantos retoques podremos resolver el problema.  Habría que deshacer algunas conexiones en asa, fomentar las sinapsis inhibidoras y, lo más importante, cambiar el dominio del hemisferio izquierdo por el dominio del hemisferio derecho.  Estos ajustes afectarán a algunas enzimas, pero con no probar el alcohol será suficiente para que no haya reacciones adversas.

— ¿Qué me dice? Si uno de mis mayores placeres es degustar buenos vinos, pertenezco a una asociación de catadores y he ganado hasta medallas... No soy capaz de entender la vida sin ese pequeño hobbie , no lo resistiría, yo...

— Bien, bien, no se altere usted, Don Eulogio.  Tengo la solución también para eso, cambiaremos todo el bulbo raquídeo, engrosaremos el hipotálamo y ensancharemos el cuerpo calloso, eso le hará sordear un poquito, pero la molestia será mínima.  Sí, con esos retoques se solucionarán sus problemas actuales sin renunciar a sus aficiones, su vida familiar y social mejorará y no dejará de serle útil en el trabajo.

— No sé, no sé, no lo veo claro, no dejará de ser un cerebro reparado y... Por otra parte ya le he dicho que no está en garantía, ¿a cuánto ascendería esa reparación?

— Se lo calculo rápidamente.  Veamos: cauterización de los circuitos en asa del cálculo y estimulación de las sinapsis inhibidoras, 50 euros;  traslado del dominio del hemisferio izquierdo al derecho, 500 euros, es una operación delicada; bulbo raquídeo nuevo 700 euros, material de primera, ¿eh?; engrosamiento de hipotálamo, 300 euros; ensanchamiento del cuerpo calloso otros 300 euros; y 150 euros de mano de obra y desplazamiento... en total... 2000 euros.

— ¿Quéeeeeeeeeee? ¡Si de nuevo me costó 1300!  ¡Qué barbaridad! Pagar todo eso para acabar con un cerebro retocado, no, no, quiero uno nuevo que ya incorporé todas esas virtudes.

— Es que verá, Don Eulogio, un cerebro de las características que usted necesita sólo lo producen los alemanes, es alta ingeniería genética, y el modelo más barato no baja de los 3000 euros.  Está la opción de las imitaciones japonesas, cuestan la mitad, pero... no, no puedo recomendárselas, provocan respuestas demasiado robotizadas.  Piense que tanto si reparamos el que ya tiene, como si compra uno alemán se lo podemos financiar en cómodos plazos durante tres años sin intereses.

— Quite, quite, ya tengo los plazos del televisor de plasma, el PC de la niña, la nevera, la lavadora y la cabina de rayos UVA, eso fue un capricho de mi mujer, pero como la tenía tan abandonada, no supe negarme.

— Comprendo, ¿en qué presupuesto había pensado?

— Mire, la verdad es que si me he decidido a volver es porque llevo días viendo la oferta que anuncia en el escaparate de cerebros a 600 euros.

— ¡Hombre, Don Eulogio! Usted es un buen cliente, yo nunca le recomendaría ese producto.  Mire, se lo diré en confianza, esos cerebros son made in India, salen tan bien de precio porque están manufacturados, es decir, no han sido calibrados informáticamente, sanos son, desde luego, pero es más que probable que en plena reunión de trabajo ese cerebro le ordene realizar una meditación trascendental o le obligue a construir un mandala   o cualquier otra práctica de la tradición hindú.

  Tradición Hindú, ¿eh? ¿Eso incluiría el Kamasutra?

  ¿El Kamasutra? Sí, claro, también lo incluyen, pero son cerebros de corta duración y...

— No se hable más, Don Paco, me llevo dos.  Estoy seguro de que, aunque pierda el ascenso,  mi esposa me lo compensará por otros ascensos.

 

Un, dos, tres, pica pared

 

Con cada uno de los rebotes de su pelota contra la pared evoco los que daban las mías contra el viejo muro.   Pero siete años son demasiados para la memoria de una niña.   Me ha olvidado

En cambio yo no olvido el día en que acompañé a su madre a la primera ecografía.   Ni olvido los ojos de tigresa de mi amiga al decirme que le había escuchado el corazón.

"¿Me das un beso?"  Junta dos dedos y me lo manda a través del aire.  "Oye"; "Dime, Alba".   "Recuerdo tu olor".

Creo que he visto una luz al otro lado del río

      Cuando mi mirada se cruzó por la mañana con su fotografía en la orla de nuestra promoción, poco podía imaginar que acabaría con Adrián aquella misma noche.

      La hoja en blanco de antes tenía al menos la utilidad de poder estrujarla con toda la rabia acumulada dentro.  Señalaba la derrota, pero permitía la venganza del débil que, caído en el suelo, tira una piedra a la cabeza del fuerte; por la espalda, por supuesto.  El documento Word, en cambio, se mantiene allí, luminoso e impertérrito, inmune como un diplomático.   Y el teclado se negaba a brindarme las mil quinientas palabras con las que llenar el vacío de agosto.   Mientras perseguía la estela de mis bocanadas de humo mis ojos tropezaron con el polvo adherido a la orla y, bajo su pátina, un rostro de veinteañero cínico me sostuvo la mirada.  Adrián Arnés, el azote de los catedráticos, número uno de la promoción sin haber tomado un solo apunte, cuántas veces habríamos celebrado sus despliegues fardativos con correrías de sexo fácil y alcohol.   Después, cuando los demás nos fuimos incorporando a los puestos de trabajo para los que nos habían preparado, él desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.

      Nunca he creído en la inspiración, así que no puedo explicar por qué me dirigí al bar La Estudiantil, allí, en esas fechas, no podía haber más que turistas de paella precocinada, bermudas y cámara digital.   Seguramente fue porque no quería reconocer que, tal como si fuese un aprendiz, me estaba ahogando en el pánico de no lograr articular una sola línea.   La nostalgia es reaccionaría y Cinema Paradiso una película tramposa, en mi memoria esas dos premisas se habían almacenado juntas; fue el único comentario de Adrián al salir del cine Vergara después de verla. Y me lo hacía recordar el sudor pegajoso que empapaba mi polo Ralph Lauren en aquel ajado bareto, ajeno a toda mejora, incluido un simple aire acondicionado.   Además de turistas, se reunía allí una fauna de habituales típicos y tópicos: los inevitables ancianos, enfrascados en las fichas del dominó; pseudointelectuales de pacotilla haciendo ver que escribían la mejor obra de su vida; y ludópatas de máquina tragaperras poniendo banda sonora al local.  Nada destacable.   Al pagar mi consumición me increpó el tipo que estaba sentado en el extremo opuesto de la barra.  Como siempre en estos casos,  iba a decirle que se equivocaba, que yo no era Enrique Villalta, el periodista, pero su mirada me resultó familiar.  ¿Adrián Arnés?    Asintió arqueando una ceja y dejando escapar una media sonrisa irónica por las comisuras de sus labios. 

      Su aspecto no dejaba imaginar cómo le había ido en la vida, pero su mirada de reojo a mi Tagheur Carrera me hizo saber que desaprobaba el cómo me había ido a mí.   Probablemente, si no se hubiera dado la casualidad de haberle recordado aquella misma mañana, me habría despedido inmediatamente, esgrimiendo cualquier excusa.    Hay silencios embarazosos, otros en cambio están cargados de sentido, aún no sabía a cuál de los dos pertenecía aquel.   Adrián me tendió su paquete, seguía fumando More mentolado, aquellos pitillos alargados que fueron símbolo de snobismo en nuestra juventud.   Al acercarme también el encendedor lanzó la pregunta: ¿lo has escrito, ya, Villalta?    La iría repitiendo a lo largo de aquel encuentro, siempre con aquel mismo tono monocorde, carente de emoción alguna; una pregunta idéntica a la que fui dando respuestas distintas.   La primera vez disimulé mi falta de ideas, mi tropiezo con el vértigo del blanco, con un lacónico, lo tendré a punto a tiempo, a lo que replicó que siendo así podíamos tomarnos un respiro y un whisky.   Demasiado  imberbe la absenta, asentí.  Y nos marchamos dispuestos a sustituir el almuerzo por las copas.

       No tuvimos que ponernos de acuerdo para abandonar el centro y sus rutas plagadas de guías  y grupos, tampoco para no encaminar nuestros pasos hacia el barrio canalla donde una bohemia demodé seguía teniendo su feudo; si hay algo peor que el fracaso, es hacer de él una gesta épica.   Fue él quien adivinó mi BMW y lo prefirió a su moto de  poca cilindrada, en él nos encaminamos hacia el otro lado de la Diagonal que hace las veces de Sena dividiendo la ciudad entre una izquierda divina y una derecha alta para las grandes transacciones de empresa.   Dos maltas veinte años, sin hielo, en un 240 sin alterne a esas horas, fueron el detonante de las palabras.  Primero un repaso agrio a las trivialidades de actualidad  para mostrarnos que aún nos quedaba vitriolo en la lengua para jugar a estar más allá del bien y del mal.  The snake is long, Seven miles, Ride the snake”; “Wake the serpent not — lest he, Should not know the way to go, Let him crawl wich yet lies sleeping, Through the deep grass of the meadow!”, le contesté yo imitando  igual que él la voz de Jim Morrison.  Buenos reflejos, pero, ¿lo has escrito, ya, Villalta?   Escribir, acaso no está ya todo escrito.   De nuevo su mirada tomó el matiz cínico con el que había quedado capturado en aquella fotografía.  La vida sigue sin verbo, como nuestros estómagos estaban sin combustible, añadió.  No dio la más mínima señal de tener la intención de pagar la cuenta, lo hice yo y, sin preguntarle, le conduje a Casa Martínez.  Se podía llegar andando y aún no resta puntos del carnet caminar borracho.      

      No todo está perdido, espetó ante el plato de huevos estrellados, especialidad de la casa, y mojando sus dedos en la yema, pintó sobre el mantel la ecuación de un enlace de Moebius.   A él podían reducirse la pintura de Escher y  la Ofrenda Musical de Bach, la naturaleza habla en lenguaje matemático. É pur si muove, dejé caer con desgana.  Sí, háblame del sentimiento, del calor bovino de la música romántica, señor escritor de moda.  Me sorprendió la violencia que imprimió a su entonación, no tenía motivos para tolerarle su mal beber; hijos sin hijos, ambos, estaba claro que no nos dejábamos llevar por filantropía alguna. Sin embargo, no pasé al ataque, pensé que era mejor dejar que él solo entrara al trapo, tal como le había visto hacer con nuestros viejos profesores.  Un escote generoso derivó la conversación a otros derroteros, hasta  que concluyó  que nos faltaban cojones para satisfacer salvajemente nuestros instintos. Todo lo tuyo son palabras huecas y personajes de manual.   Ahí prendió mi rabia, porque su crítica era la mía propia, pero antes de que pudiera devolverle el envite, de nuevo la dejó salir por sus labios: ¿lo has escrito, ya, Villalta?    Me asedian los plazos del editor y... Excusas, se suponía que no íbamos a vendernos.   Su ojos se habían vuelto vidriosos y amargos, como si pudiera mirar a través de los cuerpos y no encontrara tras ellos ningún alma.   Algo había en él en ese momento que asustaba, pero dejé que me llevara a su casa, tenía curiosidad por ver qué guardaba en su interior.      

      Carmen Amaya con Bisbe Josep Climent, detrás del cementerio de Pueblo Nuevo; le indicó al taxista con un tono casi lascivo, como si le estuviera proponiendo un negocio prohibido.   Era un coche sin climatización y el bochorno húmedo se mezclaba con nuestros alientos alcoholizados haciendo que el aire fuese irrespirable.   Adrián  iba dándole orientaciones precisas al conductor, le trataba como si su dignidad no fuera igual que la nuestra, como si fuera nuestro esclavo y mereciera ser considerado cosa y no persona.  No seas pequeño burgués, recuerda siempre que las nueve décimas partes de los humanos no han dedicado ni cinco segundos seguidos a pensar, fue su respuesta  a mi incomodidad.  Una contestación que ni admitía ni esperaba réplica.   La vida sin verbo no es más que materia en tránsito de corrupción, el verbo sin vida es pura oquedad ociosa, sólo de su cópula frenética puede nacer la carne fértil del arte.  Ya no me estaba hablando a mí sino a un auditorio inexistente, o muerto, como lo estaban los que se pudrían tras la tapia de aquel cementerio ante el que bajamos del coche.  

      Había prometido sorprenderme, de momento la decoración de su piso era tan poco informativa como sus vestimentas, burdo atrezzo de IKEA, ese socialismo hecho mueble para redecorar vidas clonándolas.   Puso en marcha el equipo de música, Lou Red nos invitaba a dar un paseo por el lado salvaje de la vida, himno de los hijos de papá que acabaron muertos de una sobredosis de caballo y fuego.  Sí, pero la provocación puede ir más lejos, mucho más lejos, dejó caer tras preparar las dos rayas, como si fuera capaz de leer mis pensamientos.   Su invitación a acompañarle fue una orden.       

      Alzando el techo falso del baño me hizo subir al altillo, un auténtico zulo donde se podría haber subsistido durante meses.   Mi vieja claustrofobia amenazaba con activarse, gateamos varios metros iluminados apenas por una linterna.   No está terminado, no puede ver la luz, todavía no, y me tendió una de esas neveras portátiles de dominguero.   Mi sudor se volvió frío al abrirla.  Allí habían cerebros, hígados y corazones humanos medio descompuestos, sobre ellos había varios pos-it con palabras garabateadas en una caligrafía delirante.   Me pasó la linterna para que pudiera leer. Sobre los hígados estaba escrito: excreción, quimera, albazano, atrabiliario.   Sobre los corazones: pálpito, lujuria, acardenalado, odio.   Sobre los cerebros: sentido, vómito, aplomado, vacuidad.  ¿Lo has escrito, ya, Villalta?...  No... Es demasiado alto el precio.   Y mis ojos se perdieron en su mirada suicida.                                                                                         

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