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Érase una vez...

16 de noviembre

 

Sagrario sacó de su ropero sus mejores galas. Las puso con cuidado sobre la cama de matrimonio y no tardó menos de una hora en decidirse. Al final escogió su blusón de terciopelo, ¡qué tiempos aquellos en que su juventud permitía corpiños ceñidos!, las medias que le regaló su marido la última primavera y que el calor inesperado habían impedido que estrenara antes, y su traje chaqueta granate, que, aunque lo había estrenado para la comunión de su nieto, seguía siendo el mejor y el que más la favorecía. Buscó sus sortija de brillantes, la única joya entre su repertorio de bisutería, y los pendientes que estrenó el anterior 16 de noviembre, el anterior aniversario de bodas.

A las ocho tomó el autobús para acudir a la cita con el restaurante de cada año, este 16 de noviembre ya eran cincuenta y cuatro los años, allí tendrían el menú que fielmente, durante ese más de medio siglo habían degustado. Y llegó.

Sagrario pasó tres horas ante la puerta de Casa Leopoldo, el tiempo que siempre duraron sus cenas anuales allí. Después marchó despacio con esa sonrisa casi de niña en su cara de octogenaria. Esta vez no pudo entrar siquiera. Su reciente paga de viuda no le permitiría ya nunca disfrutar sus viandas preferidas.

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