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Érase una vez...

Creo que he visto una luz al otro lado del río

      Cuando mi mirada se cruzó por la mañana con su fotografía en la orla de nuestra promoción, poco podía imaginar que acabaría con Adrián aquella misma noche.

      La hoja en blanco de antes tenía al menos la utilidad de poder estrujarla con toda la rabia acumulada dentro.  Señalaba la derrota, pero permitía la venganza del débil que, caído en el suelo, tira una piedra a la cabeza del fuerte; por la espalda, por supuesto.  El documento Word, en cambio, se mantiene allí, luminoso e impertérrito, inmune como un diplomático.   Y el teclado se negaba a brindarme las mil quinientas palabras con las que llenar el vacío de agosto.   Mientras perseguía la estela de mis bocanadas de humo mis ojos tropezaron con el polvo adherido a la orla y, bajo su pátina, un rostro de veinteañero cínico me sostuvo la mirada.  Adrián Arnés, el azote de los catedráticos, número uno de la promoción sin haber tomado un solo apunte, cuántas veces habríamos celebrado sus despliegues fardativos con correrías de sexo fácil y alcohol.   Después, cuando los demás nos fuimos incorporando a los puestos de trabajo para los que nos habían preparado, él desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.

      Nunca he creído en la inspiración, así que no puedo explicar por qué me dirigí al bar La Estudiantil, allí, en esas fechas, no podía haber más que turistas de paella precocinada, bermudas y cámara digital.   Seguramente fue porque no quería reconocer que, tal como si fuese un aprendiz, me estaba ahogando en el pánico de no lograr articular una sola línea.   La nostalgia es reaccionaría y Cinema Paradiso una película tramposa, en mi memoria esas dos premisas se habían almacenado juntas; fue el único comentario de Adrián al salir del cine Vergara después de verla. Y me lo hacía recordar el sudor pegajoso que empapaba mi polo Ralph Lauren en aquel ajado bareto, ajeno a toda mejora, incluido un simple aire acondicionado.   Además de turistas, se reunía allí una fauna de habituales típicos y tópicos: los inevitables ancianos, enfrascados en las fichas del dominó; pseudointelectuales de pacotilla haciendo ver que escribían la mejor obra de su vida; y ludópatas de máquina tragaperras poniendo banda sonora al local.  Nada destacable.   Al pagar mi consumición me increpó el tipo que estaba sentado en el extremo opuesto de la barra.  Como siempre en estos casos,  iba a decirle que se equivocaba, que yo no era Enrique Villalta, el periodista, pero su mirada me resultó familiar.  ¿Adrián Arnés?    Asintió arqueando una ceja y dejando escapar una media sonrisa irónica por las comisuras de sus labios. 

      Su aspecto no dejaba imaginar cómo le había ido en la vida, pero su mirada de reojo a mi Tagheur Carrera me hizo saber que desaprobaba el cómo me había ido a mí.   Probablemente, si no se hubiera dado la casualidad de haberle recordado aquella misma mañana, me habría despedido inmediatamente, esgrimiendo cualquier excusa.    Hay silencios embarazosos, otros en cambio están cargados de sentido, aún no sabía a cuál de los dos pertenecía aquel.   Adrián me tendió su paquete, seguía fumando More mentolado, aquellos pitillos alargados que fueron símbolo de snobismo en nuestra juventud.   Al acercarme también el encendedor lanzó la pregunta: ¿lo has escrito, ya, Villalta?    La iría repitiendo a lo largo de aquel encuentro, siempre con aquel mismo tono monocorde, carente de emoción alguna; una pregunta idéntica a la que fui dando respuestas distintas.   La primera vez disimulé mi falta de ideas, mi tropiezo con el vértigo del blanco, con un lacónico, lo tendré a punto a tiempo, a lo que replicó que siendo así podíamos tomarnos un respiro y un whisky.   Demasiado  imberbe la absenta, asentí.  Y nos marchamos dispuestos a sustituir el almuerzo por las copas.

       No tuvimos que ponernos de acuerdo para abandonar el centro y sus rutas plagadas de guías  y grupos, tampoco para no encaminar nuestros pasos hacia el barrio canalla donde una bohemia demodé seguía teniendo su feudo; si hay algo peor que el fracaso, es hacer de él una gesta épica.   Fue él quien adivinó mi BMW y lo prefirió a su moto de  poca cilindrada, en él nos encaminamos hacia el otro lado de la Diagonal que hace las veces de Sena dividiendo la ciudad entre una izquierda divina y una derecha alta para las grandes transacciones de empresa.   Dos maltas veinte años, sin hielo, en un 240 sin alterne a esas horas, fueron el detonante de las palabras.  Primero un repaso agrio a las trivialidades de actualidad  para mostrarnos que aún nos quedaba vitriolo en la lengua para jugar a estar más allá del bien y del mal.  The snake is long, Seven miles, Ride the snake”; “Wake the serpent not — lest he, Should not know the way to go, Let him crawl wich yet lies sleeping, Through the deep grass of the meadow!”, le contesté yo imitando  igual que él la voz de Jim Morrison.  Buenos reflejos, pero, ¿lo has escrito, ya, Villalta?   Escribir, acaso no está ya todo escrito.   De nuevo su mirada tomó el matiz cínico con el que había quedado capturado en aquella fotografía.  La vida sigue sin verbo, como nuestros estómagos estaban sin combustible, añadió.  No dio la más mínima señal de tener la intención de pagar la cuenta, lo hice yo y, sin preguntarle, le conduje a Casa Martínez.  Se podía llegar andando y aún no resta puntos del carnet caminar borracho.      

      No todo está perdido, espetó ante el plato de huevos estrellados, especialidad de la casa, y mojando sus dedos en la yema, pintó sobre el mantel la ecuación de un enlace de Moebius.   A él podían reducirse la pintura de Escher y  la Ofrenda Musical de Bach, la naturaleza habla en lenguaje matemático. É pur si muove, dejé caer con desgana.  Sí, háblame del sentimiento, del calor bovino de la música romántica, señor escritor de moda.  Me sorprendió la violencia que imprimió a su entonación, no tenía motivos para tolerarle su mal beber; hijos sin hijos, ambos, estaba claro que no nos dejábamos llevar por filantropía alguna. Sin embargo, no pasé al ataque, pensé que era mejor dejar que él solo entrara al trapo, tal como le había visto hacer con nuestros viejos profesores.  Un escote generoso derivó la conversación a otros derroteros, hasta  que concluyó  que nos faltaban cojones para satisfacer salvajemente nuestros instintos. Todo lo tuyo son palabras huecas y personajes de manual.   Ahí prendió mi rabia, porque su crítica era la mía propia, pero antes de que pudiera devolverle el envite, de nuevo la dejó salir por sus labios: ¿lo has escrito, ya, Villalta?    Me asedian los plazos del editor y... Excusas, se suponía que no íbamos a vendernos.   Su ojos se habían vuelto vidriosos y amargos, como si pudiera mirar a través de los cuerpos y no encontrara tras ellos ningún alma.   Algo había en él en ese momento que asustaba, pero dejé que me llevara a su casa, tenía curiosidad por ver qué guardaba en su interior.      

      Carmen Amaya con Bisbe Josep Climent, detrás del cementerio de Pueblo Nuevo; le indicó al taxista con un tono casi lascivo, como si le estuviera proponiendo un negocio prohibido.   Era un coche sin climatización y el bochorno húmedo se mezclaba con nuestros alientos alcoholizados haciendo que el aire fuese irrespirable.   Adrián  iba dándole orientaciones precisas al conductor, le trataba como si su dignidad no fuera igual que la nuestra, como si fuera nuestro esclavo y mereciera ser considerado cosa y no persona.  No seas pequeño burgués, recuerda siempre que las nueve décimas partes de los humanos no han dedicado ni cinco segundos seguidos a pensar, fue su respuesta  a mi incomodidad.  Una contestación que ni admitía ni esperaba réplica.   La vida sin verbo no es más que materia en tránsito de corrupción, el verbo sin vida es pura oquedad ociosa, sólo de su cópula frenética puede nacer la carne fértil del arte.  Ya no me estaba hablando a mí sino a un auditorio inexistente, o muerto, como lo estaban los que se pudrían tras la tapia de aquel cementerio ante el que bajamos del coche.  

      Había prometido sorprenderme, de momento la decoración de su piso era tan poco informativa como sus vestimentas, burdo atrezzo de IKEA, ese socialismo hecho mueble para redecorar vidas clonándolas.   Puso en marcha el equipo de música, Lou Red nos invitaba a dar un paseo por el lado salvaje de la vida, himno de los hijos de papá que acabaron muertos de una sobredosis de caballo y fuego.  Sí, pero la provocación puede ir más lejos, mucho más lejos, dejó caer tras preparar las dos rayas, como si fuera capaz de leer mis pensamientos.   Su invitación a acompañarle fue una orden.       

      Alzando el techo falso del baño me hizo subir al altillo, un auténtico zulo donde se podría haber subsistido durante meses.   Mi vieja claustrofobia amenazaba con activarse, gateamos varios metros iluminados apenas por una linterna.   No está terminado, no puede ver la luz, todavía no, y me tendió una de esas neveras portátiles de dominguero.   Mi sudor se volvió frío al abrirla.  Allí habían cerebros, hígados y corazones humanos medio descompuestos, sobre ellos había varios pos-it con palabras garabateadas en una caligrafía delirante.   Me pasó la linterna para que pudiera leer. Sobre los hígados estaba escrito: excreción, quimera, albazano, atrabiliario.   Sobre los corazones: pálpito, lujuria, acardenalado, odio.   Sobre los cerebros: sentido, vómito, aplomado, vacuidad.  ¿Lo has escrito, ya, Villalta?...  No... Es demasiado alto el precio.   Y mis ojos se perdieron en su mirada suicida.                                                                                         

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