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Érase una vez...

Sueños son

         El insomnio había caído como una pesadilla sobre Ernestina, desde que su cuerpo se había agotado estérilmente en eso que los médicos llaman menopausia y que en verdad es la antesala de la vejez.   Lo soportaba con resignación.  Con su resignación que no era una resignación cualquiera.   La había ido tejiendo en el transcurso de una vida que se extendía ya hacia los “cincuenta y largo”, como decía ella para proclamar su edad ocultándola coquetamente.  Ni en la trama, ni en la urdimbre, había colores que destacaran por su color o textura, no la habían enfrentado los años a graves o peligrosas aventuras.  Como tantas otras, su biografía tan sólo había ido trenzando leves cuitas cotidianas, pequeñeces que se destilan sin estragos, pero que acumuladas día a día desgastan hasta robar el sueño.       Ernestina entretenía sus largas noches insomnes con el recuerdo de las horas en vela de su adolescencia.  Aquellas eran vigilias enamoradas y soñadoras, éstas eran la resaca dejada por los sueños perdidos.  A su lado, Ernesto con sus ronquidos marcaba el ritmo de su sentimiento, al que hubiera llamado tedio si no se le hubiesen resistido siempre los nombres cultos y hasta las simples palabras.  Mujer de pocas letras, no era capaz de explicarse su desasosiego, se limitaba a vivirlo en su vientre gastado.   Sus ojos oscuros, abiertos en la oscuridad, se oscurecían aún más al posarse en los perfiles de Ernesto que la ignoraba durmiendo.   Sólo la ataban a él la indiferencia y ese regusto amargo, como de hierro, que más de siete mil días juntos habían dejado bajo su lengua.  Cada amanecer los párpados cansados de Ernestina se plegaban en ácida oración:¡que una muerte súbita la dejase viuda! O se la llevase a ella, liberándola de esos otros siete mil días más con los que la amenazaba la esperanza de vida. 

         Sin esperanzas abría los ojos Ernestina, sabedora de que nunca hay nada nuevo bajo el sol.  Pero algunas veces las súplicas son atendidas y la vida nos da sorpresas.   Aquella mañana Ernestina retiró su mano asustada.  Al zarandear a Ernesto para despertarle no encontró su cuerpo entrado en kilos y avejentado, sino el de un hombre maduro, interesante y atlético.  “Sí, Ernestina, soy yo, como me hubieras deseado si te hubieras atrevido a soñarme.  He tenido que llegar yo hasta ti ya que tú te has resistido”.   La voz seguía siendo familiar, por eso Ernestina frotó sus ojos repetidas veces, pero la visión seguía allí imperturbable y sonriente.  “Sí, Ernestina, soy yo, tal como me habrías estado  esperando si no hubieses dejado que tu corazón se secara”. 

 Pasada la primera impresión, Ernestina miró con detenimiento la hombre que estaba remplazando a su conyuge.   Reparó de entrada en la tersura de su piel morena que ni siquiera dejaba pequeños pliegues en el rabillo de sus ojos.   En vez de sentirse complacida pensó en sus propias arrugas, nacidas de las privaciones, eran las secuelas cobijadas por su carne después de tantos días de equilibrios malabares para llegar a fin de mes; días que siempre parecían interminables, pero que siempre acababan pasando y empujando un año más.   No eran arrugas profundas como surcos, eran, más bien, el sútil esgrafiado con el que el mal tiempo le había premiado su insistencia en ponerle siempre buena cara.   “¿Callas, Ernestina? ¿En qué piensa? No pienses. ¡Ahora ha llegado el momento de arrojarse sin pensar al corazón mismo de la vida! para clavarnos como aguijones y libarle por fin todo lo que hasta ahora nos ha sido negado.  He venido ya, ¡soy tu recompensa!”.   

Al hablar así, el extraño movía con vehemencia su cabeza.   Ernestina, que casi no había oído sus palabras, no podía apartar su vista del vaivén de aquellos cabellos negrísimos, apenas salpicados de blanco.  Como si estuviera hechizada, la mirada de Ernestina se había posado inmóvil sobre el movimiento de aquella cabellera frondosa que parecía tener alma.  Para librarse del conjuro entornó los ojos buscando dentro de sí la imagen de la calvicie de Ernesto, porque aquella fuga capilar le había hecho mucha compañía en el nacimiento de sus canas.  Las canas se habían ido mezclando con sus mechones cada Nochevieja, siempre fieles a la llegada de un nuevo año de preocupaciones.  Cada fiebre, cada disgusto, cada riña, habían sido gotas de lechosa amargura que al mojar sus cabellos se habían convertido en blancas pinceladas de alivio.   “Veo que tú también te has dado cuenta de la singular suerte que hemos tenido.  Son rarísimas las ocasiones en las que puede volverse a entrar en el juego una vez se han cerrado las apuestas.  La ruleta del destino sólo se detiene un instante, entonces, cuando se paraliza la lógica, todo vuelve a ser posible.  ¡Vamos, Ernestina, ahora o nunca!”.  

Confundido por la leve caída de párpados de Ernestina, el caballero creyó que ella había aceptado la oportunidad de tener un pasado nuevo, un futuro mejor.  Abrió sus brazos para acogerla y su pecho se mostró esplendido como una estatua de bronce.  Aquel gesto impetuoso despertó a Ernestina de sus recuerdos, escuchó entonces con claridad los sonidos que se filtraban como rayos desde el patio de luces.   Ahí estaba, como siempre, la algarabía de arrullos que bajaban desde el palomar del vecino del quinto; la modistilla del tercero ya había arrancado el motor de su máquina y no lo pararía hasta bien entrada la tarde para acabar a tiempo su labor a destajo.  Es curioso, aquellos sonidos la hacían pensar en el mar aunque no pudiese verse desde aquel barrio que era suyo igual que su piel.   Como si hubiera suspirado, el olor de su casa sin balcones a la calle llenó sus pulmones de aire.  Sobre la mesilla el despertador casi escondía la foto de su boda.  Desde aquel lado de la cama no podía ver su rostro joven, ni la sonrisa esperando la vida que pudo ser.   Pero como si la viera, sus labios volvieron a esbozarla:  “Mireee…no sé quiéesusté… no entiendo esta broma…¡ni mardita grasia que me hase! Me vaahasé usté er favó dirse por donde ha venío  Si ve a mi marío dígale que no yegue tarde.  Voiahasé paeya como a er le gusta ¡y después el arró se pasa! Ahora voy aechá una cabesaíca  ¡Que tengo muscho sueño atrasao!”.

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